Nuestro corazón es una casa: cómo sanar traumas, soltar el pasado y aprender a recibir ayuda
Llegó el fin de año y la celebración fue hermosa.
Una mesa pintoresca, abundante, generosa.
Platillos para todos los gustos y muchísimos dulces:
polvorones, mazapanes, chocolates…
el paraíso absoluto de los golosos.
Cuando una está a gusto —bajo las naguas de la mesa, con la chimenea encendida y el corazón calentito— el tiempo corre sin pedir permiso.
Los días con la familia pasaron volando.
La última fiesta de fin de año fue épica.
Bailamos hasta el cansancio, reímos sin medida y capturamos recuerdos en decenas de fotografías.
Mi querida Nekane brillaba como una monedita nueva, con esa sonrisa tan suya y ese sabor flamenco que la acompaña cuando baila.
Y como regalo inesperado, hice un amigo nuevo:
“El Pupu”, José, dueño de uno de los corazones más dulces y alegres que he conocido.
Con ellos, los Reyes se adelantaron, porque compartir fue el mejor obsequio.
Mi corazón quedó impregnado de cariño por cada persona con la que compartimos esos días.
Llegó el momento de partir hacia Asturias,
aunque antes hicimos una última parada en Madrid para saludar a Papá Juan y Paqui, compartir un cafecito y seguir camino.
A medida que avanzábamos hacia el norte, el paisaje cambiaba:
el verde se intensificaba, el aire se volvía más frío, el silencio más profundo.
Llegamos a Santibáñez de Murias, un pueblecito de aire medieval, con casas de piedra, chimeneas humeantes, callejuelas estrechas y el sonido lejano de los cencerros de las vacas.
Nuestro hospedaje fue en El Collau
📍 Santibáñez de Murias, 33676, España.
Unos apartamentos rurales escondidos en la montaña como una perla discreta.
Si pudiera medirlos en estrellas, les daría cinco sin pensarlo.
Habitaciones amplias, camas comodísimas, un salón con ventanas hacia el cerro —en esta época, coronado de nieve—, una cocina completamente equipada y una anfitriona, Arancha, que entiende el arte de recibir.
Nos esperaba con bombones y pequeños detalles que te hacen sentir en casa desde el primer momento.
Pasamos cuatro días hermosos, y como si fuera poco, la naturaleza nos premió:
la nieve cubrió nuestra última noche y las fotografías parecían salidas del taller de Papá Noel.
El Collau regala vistas a la iglesia del pueblo, a un pequeño bosque que bajo la nieve se vuelve de cuento, y a montañas que invitan al silencio.
En la propiedad hay un merendero iluminado y una barbacoa con horno de pan que dan ganas de no irse nunca más.
Creo que ahí entendí a quienes sueñan con mudarse al lugar donde vacacionan.
La ubicación es un lujo:
estaciones de esquí, senderismo, restaurantes, supermercados y pueblos cercanos como Oviedo, más urbano pero con el encanto intacto de Asturias.
Seguimos camino hacia Cangas de Onís, otro lugar donde el tiempo parece detenerse.
Conocí el famoso puente romano con la réplica de la Cruz de la Victoria sobre el río Sella, imponente y silencioso.
El frío calaba los huesos, así que buscamos refugio en
📍 El Palaciu Pintu — C/ Mercado 24, 33550.
Ahí degustamos la famosa fabada asturiana y un cachopo que definitivamente no es apto para personas a dieta.
La terracita da a la emblemática Iglesia de la Asunción, con sus seis campanarios y la estatua de Don Pelayo, una locación perfecta para las fotos de rigor.
Pero Cangas es mucho más: callejones, bares de tapas y rincones que invitan a volver con más tiempo.
La primera semana de la cuesta de enero 2026 me sorprendió con belleza, calma y gratitud.
Quisiera contarlo todo, pero este viaje merece más capítulos, más pausa y más amor en cada descripción.
Como siempre,
gracias por leer, por acompañar y por compartir.
Saludos,
ohana de Casa Weste 🍷✨
Antes de dormir, recuerda un lugar que te haya marcado este año.
Agradece en silencio lo que te regaló.
Y repite:
“Honro los caminos que recorrí y confío en los que vendrán.”
Estoy como en la película que vimos esperando siempre que llegue el próximo capítulo
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