Los chismes de Vacaciones
Tenía que escribir ayer, pero no pude.
Hubo una nube espesa en mi mente que no me dejaba avanzar… o quizá fue simplemente la nostalgia, esa punzada sorda de no tenerte aquí. Sé que vienen fechas de celebración, de luces y abrazos, pero saber que no vas a estar… es una verdad que pesa, que frena, que duele.
Me esfuerzo cada día por sostener el júbilo que otros sienten, pero tus recuerdos vienen como oleadas: tu cabello platinado, tus ojos café llenos de vida, esas manos cálidas que siempre encontraban la forma de calmarme. Y tu sentido del humor… ay, mamá, cómo extraño esa risa tuya que hacía hogar en cualquier rincón.
Aún guardo el video del último cumpleaños que celebramos juntas.
Nunca pedías nada… jamás. Todo te parecía suficiente, desde un dibujo improvisado hasta un detalle pequeño. La gente me pregunta cómo eras, y yo nunca encuentro palabras que te hagan justicia. Solo puedo decir que eras perfecta. La mujer más bella del mundo.
Siempre me pregunté cómo podíamos ser tan diferentes si de niña yo quería ser exactamente como vos. Tus detalles, tus cuidados… mis uniformes impecables, mi cabello recogido con tus coletas de colores, las firmas amorosas en mis cuadernos. Siempre presente.
Sé que mis hermanas tienen sus propias memorias, pero lo nuestro… lo nuestro era íntimo. Era un hilo invisible que solo nosotras entendíamos.
Y quizá por eso la Navidad me pesa más.
Recuerdo caminar contigo cada diciembre para ver las decoraciones; cómo se nos iluminaban los ojos frente a las luces. Recuerdo aquella rama de ciprés que me traje para decorarla como si fuera un tesoro.
Siempre supe que vos y papá escondían mis regalos, pero me hacía feliz verte feliz. Esa emoción tuya era mi regalo.
Fuiste tan maravillosa, mamita… que no sé cuántos años pasarán antes de que mis ojos aprendan a no llenarse de lágrimas al evocarte.
Este, 02 de diciembre, que sería tu cumpleaños, quiero decirte una verdad que me desborda:
Fui la niña y mujer más afortunada del mundo al tenerte.
Aunque perdí tu cuerpo, aunque el tronco vital que eras ya no está… tu aroma sigue vivo en mi memoria.
Tus abrazos siguen guardados en mi piel.
Tus enseñanzas siguen sosteniendo mis días.
Y te prometo —desde lo más hondo— que haré todo lo posible por ser una mujer de la que te sientas orgullosa.
Le pido a Dios que nunca me deje olvidar ni un detalle tuyo.
Ni tu voz.
Ni tu risa.
Ni tu amor.
Feliz cumpleaños, amada madre.
Mi corazón siempre será tu casa.
Enciende una velita blanca o dorada.
Coloca una fotografía de tu madre frente a ti
—o tráela a la mente si no tienes una a mano—.
Toma una respiración profunda y di en silencio:
“Gracias por la vida, gracias por el amor, gracias por seguir conmigo.”
Imagínala sonriendo, libre, sin dolor, rodeada de luz.
Cierra el ritual con esta afirmación:
“Tu amor vive en mí. Yo te honro viviendo.”
Ese enorme y bello recuerdo jamás se irá porque simboliza algo tan fuerte entre ustedes y claro que está orgullosa de tí salidos y fuerte abrazo
ResponderEliminar