Nuestro corazón es una casa: cómo sanar traumas, soltar el pasado y aprender a recibir ayuda

Imagen
  🟢 Nuestro corazón es una casa: ¿qué encontrarías si hicieras limpieza profunda? Nuestro corazón es una casa. Y cada sentimiento es un objeto. Si hoy hiciéramos una limpieza profunda… ¿qué encontraríamos? Cartas viejas. Fotografías que aún duelen. Recibos emocionales que nunca terminamos de pagar. Una prenda que ya no nos queda, pero nos negamos a sacar porque “tal vez un día”. Existe un dicho que afirma: “Si el cuenco está lleno, no puede recibir agua nueva.” Y lo mismo ocurre con el corazón. Cuando lo sobrecargamos con pasado, no dejamos espacio para el presente. Mucho menos para el futuro. 🟢 El armario emocional y la dismorfia del alma Hace tres años, después de una gran decepción, inicié un proceso de pérdida de peso. Al principio no fue por amor propio. Fue por dolor. Quería no volver a sentirme insegura nunca más. Hoy sigo en el camino. Pero la herida… ¿sanó completamente? Cada domingo cuando mi dismorfia me ataca, entiendo que sigo limpiando. Que aún s...

Llego Navidad💥🌟❤️❤️❤️❤️



🍷 DOMINGO SENSORIAL — CASA WESTE


Viajar para recordar quién soy


Viajé a Costa Rica un viernes.

Y no fue un viaje ligero.


Horas de aeropuerto.

Pasos interminables en migración.

Maletas, filas, pantallas, relojes.

El cambio de horario —que aunque sean solo dos horas— golpea fuerte cuando el cuerpo viene cansado y el alma expectante.

Dormí poco. Muy poco.


Pero verla a ella…

Ver a mi hija, ya mujer, de pie sobre ese podio recibiendo su título, fue un triunfo personal.

Un logro que no solo le pertenece a ella, sino a toda una historia que empezó cuesta arriba.


Ver un auditorio lleno de mujeres, hombres, jóvenes, abuelas… celebrando un bachillerato por madurez, mezclando familia, hijos, trabajo y estudio, fue profundamente conmovedor.

Escuchar el himno nacional de mi país, entonarlo y llorar sin poder evitarlo, me recordó de dónde vengo.

Y por qué sigo caminando.


Después vinieron las pequeñas grandes cosas:

Ver a mi padre usar Alexa por primera vez —con esa mezcla de sorpresa y orgullo—.

Ver a mi nieta abrir sus regalos de cumpleaños, con los ojos llenos de ilusión ante un mundo que todavía es nuevo para ella.

Esos momentos que no hacen ruido… pero hacen hogar.


El viaje fue corto.

Fue cansado.

Sí.

Pero fue maravilloso.


Despertar bajo el cielo costarricense, ese donde viva siempre el trabajo y la paz, me reafirma algo que llevo tatuado en el alma:

soy tica, y me siento profundamente orgullosa de serlo.


Tengo una familia hermosa.

Hijos que, aun cuando muchas veces no pudieron contar conmigo como hubieran querido, son personas trabajadoras, honestas, responsables, con empuje y con metas claras.

Eso me dice —en silencio— que hice bien mi papel de mamá.


Ver a mis nietos jugar en castillos inflables, compartir la gastronomía de mi tierra, reírnos sin prisa…

eso no tiene precio.


Esta Navidad ha sido distinta.

He corrido de un país a otro.

Y aún no termino.

Pero también sé que he sido bendecida con la posibilidad de hacerlo.


Y eso me lleva inevitablemente a recordar a esa muchacha de quince años, madre adolescente, parada más de una vez sin saber si habría comida al día siguiente o dónde dormiríamos.

Verme hoy, a mis 44 años, realizada…



sí, puedo decirlo sin culpa: me siento triunfadora.


¿Y por qué?

Porque valió la pena.


Porque mis hijos eligieron estudiar en lugar de perderse.

Porque tengo nietos preciosos.

Porque mi padre sigue vivo.

Porque tengo una familia que me ama.

Un trabajo que me espera.

Compañeros que se preocupan por mí.

Un esposo que, a su manera, me demuestra amor todos los días.


Porque puedo viajar.

Porque puedo comprar aunque sea un pin o una bolsita de café para mis amigas.

Porque puedo hospedarme en un hotel o compartir un viñedo con mi esposo.

Porque veo a mi hijo de 22 años crecer, viajar, descubrir el mundo.


Eso, para mí, es ganar.


Hoy estoy en el aeropuerto Juan Santamaría, desayunando el último gallo pinto del año —si Dios lo permite—.

Observo rostros de todas las etnias, de todas partes del mundo.

Personas que viajan por trabajo, por amor, por regreso, por sueños.


Todos con algo en común:

la libertad de moverse, de buscar, de vivir.


Somos bendecidos.

De verdad lo somos.


Santa Claus —creo yo— ya nos trajo el mejor regalo a quienes tenemos hogar, familia, amor, compañía.

Lo demás… es cuidarlo.


Los quiero mucho.

Gracias por leerme.

Gracias por caminar conmigo.

Seguiré contándoles mis vacaciones, dejándoles ver España a través de mis palabras y compartiendo un poquito de mi vida.


Con amor,

Casa Weste 🍷✨



---


🌿 Ritual Weste — Agradecer el camino


Enciende una luz suave o una vela.

Coloca una mano en tu pecho.

Nombra en voz baja tres cosas que hoy te hacen sentir bendecida.

Y repite:

“Honro mi camino. Agradezco lo vivido. Confío en lo que viene.”




Comentarios

Entradas populares de este blog

Juntando monedas para un sueño

Mi boda en Andalucía