Los chismes de Vacaciones
Hace unos días hablaba con una amistad sobre los sentimientos… esos que nacen cuando una relación comienza, que se sienten cálidos, eléctricos, casi eufóricos.
Esa magia donde cada beso es fueguito y cada caricia es un pequeño universo.
Esa etapa donde uno cree que esto sí es amor del bueno, porque todo vibra, todo importa, todo duele, pero todo enamora.
Pero con el tiempo… llega la vida real.
Y ahí empiezan los ajustes.
Los problemas ya no parecen películas dramáticas: son problemas de verdad.
Los besos se vuelven menos frecuentes.
Los abrazos también.
Y muchas veces se transforman en antesala del sexo, no en ternura espontánea.
Los terapeutas dicen que esto es normal —lo cual no quiere decir que sea bonito—.
Ella empieza a sentir que cada beso tiene intención sexual.
Él siente que molesta.
Y así, sin mala fe, se instala la desconexión.
No pasa en todas las parejas, claro.
Pero sí en MUCHAS.
Cuando la ternura desaparece, la distancia emocional se vuelve un terreno fértil para tentaciones.
Los hombres, más visuales, se exponen a un buffet diario de estímulos.
Las mujeres, más emocionales, se hunden entre casa, hijos, trabajo, cansancio y olvido propio.
Pierden brillo.
Pierden tiempo.
Pierden deseo.
Pierden ganas.
Y no porque no amen…
sino porque están agotadas.
Y si trabajan, se arreglan… pero por obligación, no por ilusión.
No soy psicóloga.
Pero sí he sido cornuda con experiencia olímpica, así que hablemos con propiedad.
El sujeto tiene una vida rutinaria.
No perfecta, pero estable.
Y de pronto aparece “ella”: graciosa, atenta, fresca.
Un desayuno compartido.
Una conversación.
Un chiste interno.
Un mensaje.
Dos.
Diez.
Una salida “entre compañeros”.
Y BOOM: están metidos en un berenjenal emocional.
En casa, la esposa empieza a notar señales:
Llega más tarde.
Llega tomado.
El celular vive escondido.
Ya no la busca.
Ya no la mira igual.
Ella lo justifica con cansancio…
Pero no es cansancio.
Es desconexión afectiva.
Cuando la otra se enamora, quiere exclusividad.
Y, para obligarlo, lo expone.
Casi siempre él intenta salvar su matrimonio.
A veces lo logra.
Casi siempre… no.
Aquí comienza la tragedia silenciosa:
Ella NO ve al esposo como el culpable.
Se ve culpable a sí misma:
“¿En qué fallé?”
“¿Qué le falta a mi cuerpo?”
“¿Será que ya no sirvo?”
“¿Por qué no fui suficiente?”
Casi nunca se da cuenta de que NO es culpa de ella.
La traición es una decisión del que traiciona.
Punto.
Si él cambia, podría ayudar a reconstruir.
Pero casi nunca cambia lo suficiente.
Ella reclama —tiene el alma llena de dudas— y él se harta.
Y el vínculo se rompe.
En el caso de una mujer que trabaja, ella suele tener amigas que la sacuden emocionalmente y le recuerdan su valor.
Suele terminar la relación.
Pero queda destrozada igual:
porque ella sí lo estaba dando todo.
Mis amigos dicen algo muy simple:
El hombre busca validación y paz.
Alguien que lo haga sentir masculino.
Deseado.
Importante.
Refugio.
Superhéroe.
Juguete sexual.
Amigo.
Un combo emocional completo.
Si en casa solo hay cansancio, niños, obligaciones, discusiones, falta de tiempo y 0 coquetería…
ellos sienten que ya no significan nada.
No saben expresarlo.
Pero lo sienten.
Nosotras somos otro mundo.
Cuando una mujer se siente sola emocionalmente…
es vulnerable a heridas que van muchísimo más profundo.
Pero ese tema…
nos toca el próximo miércoles. 😉
Gracias por leerme.
Gracias por sentir conmigo.
Gracias por crecer a mi lado.
— Casa Weste
Siéntate en silencio con la espalda recta.
Coloca una mano en tu pecho y otra en tu abdomen.
Respira profundo tres veces y reconoce cómo se siente tu cuerpo hoy.
Di en silencio:
“Merezco un amor que se comunique, que se cuide, que se construya.”
Agradece por la relación que tengas —presente, pasada o futura— y suelta lo que ya no es tuyo cargar.
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