Costa Rica un santuario de paz, para personas con dinero.


 

Costa Rica: un santuario de paz... para las personas con dinero

Una historia sobre volver a empezar, marcharse otra vez y entender que algunas oportunidades no llegan cuando queremos, sino cuando las necesitamos.


Hola, personas encantadoras:

Hace poco les contaba lo maravilloso que se siente vivir donde otros vienen a vacacionar. Les hablé del volcán Arenal, de mis gallinas, de los pájaros haciendo nidos en las cerchas de mi casa, de mis plantas, mi pequeño gimnasio, mi piscina y ese rincón de Costa Rica que durante unos meses se convirtió en mi refugio.

Hoy quiero contarles la otra cara de esa historia.

Una menos idílica.

Más cruda.

Más real.

Costa Rica es un santuario de paz... para las personas con dinero.

Suena fuerte, lo sé, pero hay verdades que no dejan de ser ciertas solo porque resulten incómodas.

Cuando regresé a mi hermoso país tuve la fortuna de disfrutar de la tranquilidad que me proporcionaba una buena liquidación. Después de años trabajando lejos, podía permitirme algo que para muchos es un lujo: tiempo.

Tiempo para despertar sin correr.

Tiempo para contemplar el Arenal.

Tiempo para comprar catorce gallinas, sumar codornices a esta pequeña aventura, abrir mi taller de arte y poner en marcha un pequeño negocio que, previsoriamente, habíamos decidido iniciar y que hoy continúa creciendo poco a poco.

Durante tres meses llevé una vida casi idílica.

Pero hay algo curioso con el dinero: cuando está, parece que durará para siempre. Y cuando comienza a disminuir, cada número adquiere otro significado.

Las arcas empezaron a bajar.

El proyecto laboral que esperábamos no arrancaba.

Nuestro pequeño negocio crecía, sí, pero todavía no al ritmo necesario para sostener todas nuestras obligaciones.

Y entonces apareció esa pregunta que tantos conocemos:

¿Qué vamos a hacer?

Cuando una oportunidad toca tres veces

Antes de salir de República Dominicana, un viejo amigo que siempre me ha tenido en gran estima me había ofrecido una oportunidad laboral bastante atractiva.

Había un pequeño detalle.

Implicaba trasladarnos aún más lejos de Costa Rica y sin una fecha clara de retorno.

Pensé en mi padre.

Pensé en mis hijos.

Pensé en todo el tiempo que había pasado lejos de ellos.

Y dije que no.

Dos meses después, mi amigo volvió a preguntarme.

Pero yo acababa de empezar el negocio, tenía mis gallinas, mis codornices, mi taller de arte y una nueva vida que apenas comenzaba a echar raíces.

Así que volví a batearlo.

Hasta que, hace quince días, una mañana desperté y encontré otro mensaje suyo.

Era él, nuevamente, animándome a aceptar su oferta.

Y pensé:

Carajo.

Llevaba una semana entera preguntándome qué íbamos a hacer porque el dinero comenzaba a acabarse. Y justo entonces, mi opción segura dejó de ser tan segura: mi antiguo jefe me llamó para decirme que el proyecto se retrasaría cuatro meses más.

Tres meses sabáticos en mi pequeño rincón de Costa Rica podían ser manejables.

Siete meses ya eran otra historia.

Así que finalmente le pedí a mi amigo que me explicara con detalle su propuesta.

Y lo hizo.

Trabajo por tiempo indefinido.

Una buena oportunidad.

Pero lejos.

Otra vez.

Teníamos que tomar una decisión.

El precio de la vida que construimos

Sé que esta historia puede resultar familiar para muchas personas.

Pero quiero profundizar un poco más.

La primera vez que salí de mi país, mis hijos todavía eran niños. En principio, serían apenas unos días. Sin embargo, con el tiempo, viajar se convirtió en mi estilo de vida.

Salir.

Regresar.

Volver a marcharme.

Y estar menos tiempo del que hubiera querido con mis chicos.

Ahora ellos son adultos. Tienen sus propias familias y yo añoraba algo profundamente sencillo: ser parte activa de sus vidas.

Estar cerca.

Compartir lo cotidiano.

No solamente llegar de visita.

Pero uno pone y Dios dispone.

Con los años adquirimos un estilo de vida que ya no nos permite simplemente retroceder. Al contrario: parece empujarnos constantemente hacia adelante.

Cuando puedes, compras un carro.

Adquieres una hipoteca.

Abres un negocio.

Asumes responsabilidades.

Construyes una vida.

Y entonces llega un bache, como quedarse sin trabajo durante varios meses, y aquello que parecía perfectamente sostenible puede convertirse rápidamente en un caos.

De pronto, vuelves a encontrarte frente a una vieja encrucijada:

sacrificar un poco más de ese tiempo que sabes perfectamente que no es infinito.

Y te dices que es por un bien mayor.

Quizá porque realmente lo es.

Así es como hoy escribo estas palabras desde una nueva ubicación.

Sí.

Me fui otra vez.

Quizá esta también sea mi forma de amar

Decidí entender que las oportunidades llegan cuando deben llegar, no necesariamente cuando estamos preparados para recibirlas.

Yo quería estar más presente en la vida de las personas que amo. Quería compartir desayunos, cumpleaños y conversaciones sin tener que consultar primero un itinerario de vuelos.

Pero he tenido que aceptar algo sobre mí misma:

quizá mi manera de amar también sea esta.

Es la que conozco.

Dicen que es difícil enseñar trucos nuevos a un perro viejo, y quizá haya algo de verdad en ello.

Costa Rica es mi tierra. Amo a mi familia más de lo que puedo expresar con palabras, pero llevo más de ocho años siendo nómada.

Esta ha sido mi manera de ganarme la vida.

Mi manera de construir.

Mi manera de avanzar.

Sueño despierta con una vida en una motorhome. O con un pequeño rincón rural en España. O en cualquier otro lugar donde Dios decida ponerme.

Pero he comprendido que todavía no es el momento.

Aún debo continuar el rumbo que comencé cuando mis pequeños necesitaban que yo eligiera este estilo de vida para que pudieran vivir y no simplemente sobrevivir cada día.

Y esa es una diferencia enorme.

Lo que tres meses de aparente reposo me enseñaron

Durante esos tres meses aprendí que soy creativa.

Que soy valiente.

Que soy feliz.

Que soy fuerte.

Y que tengo dentro de mí mucho más amor del que sabía.

También descubrí algo que me dolió reconocer: a veces olvidamos apreciar a quienes siempre están con nosotros precisamente porque damos por hecho que siempre estarán.

Hasta que nos alejamos.

Entonces comprendemos que algún día podemos perderlos.

Y agradecemos que todavía haya tiempo para decirles:

Eres de lo mejor que me ha pasado en la vida.

Aprendí a pensar antes de gastar.

A ser optimista sin dejar de ser previsora.

A pensar seriamente en la vejez y comprender que debo empezar a construir desde ahora el futuro que deseo, porque, con la fortuna y la gracia de Dios, ese día llegará.

Aprendí que cada jornada es valiosa y que cada dificultad trae consigo una lección, aunque a veces tardemos en entenderla.

Y aprendí algo que quizá sea una de las mayores verdades que me ha dejado esta experiencia:

No siempre importa cuánto tienes. A veces importa mucho más a quién conoces y qué clase de relaciones has cultivado por el camino.

Porque un buen amigo puede llegar a valer más que una fortuna.

Nunca sabes de dónde vendrá la cuerda que necesitarás cuando sientas que estás cayendo.

Quizá llegue de ese extraño que conociste hace años y al que, con el tiempo, cultivaste como amigo.

Alguien que un día te ofreció una oportunidad.

Luego volvió a ofrecértela.

Y después llamó a tu puerta una tercera vez.

Cuando algo llama tres veces

Tener miedo a lo desconocido es válido.

Lo que no podemos hacer es permitir que el miedo decida toda nuestra vida.

No todas las oportunidades deben aceptarse. No toda puerta abierta conduce a un buen lugar. Y no toda insistencia es una señal divina.

Por eso hay que detenerse y analizar.

¿Qué traerá consigo esta decisión?

¿Qué beneficios ofrece?

¿Cuál será su verdadero costo?

¿Qué ganaré?

¿Y a qué tendré que renunciar?

Porque toda decisión importante tiene un precio, incluso las correctas.

Pero después de analizar, de pensar y de mirar la realidad de frente, llega un momento en que debemos decidir.

Conscientemente.

Sin romantizar.

Sin negar el miedo.

Pero tampoco permitiéndole gobernarnos.

Si una oportunidad llega a ti una vez, quizá sea casualidad.

Si vuelve una segunda vez, préstale atención.

Y si toca tu puerta una tercera vez justo cuando más necesitas una respuesta...

Quizá valga la pena escuchar.

Hoy vuelvo a estar lejos de casa.

Mis gallinas siguen poniendo huevos. Mis codornices continúan con su pequeño caos emplumado. Mi taller de arte me espera. Agro Santa Rita sigue creciendo paso a paso. El Arenal continúa apareciendo detrás de las nubes cuando se le antoja.

Y mi familia sigue siendo mi hogar, sin importar en qué punto del mapa me encuentre.

No sé cuánto tiempo estaré aquí.

No sé exactamente qué traerá esta nueva etapa.

Pero sí sé algo.

La vida es una sola, pero eso no significa que debamos vivirla irresponsablemente ni desperdiciar el tiempo y los dones que tenemos. Significa aprender a reconocer cuándo debemos quedarnos, cuándo debemos marcharnos y cuándo una puerta que se abre frente a nosotros merece que tengamos el valor de cruzarla.

Así que aquí estoy.

Otra vez con una maleta.

Otra vez lejos.

Otra vez empezando.

Con miedo, sí.

Pero también con experiencia, gratitud y la certeza de que ya he sobrevivido a muchas versiones de lo desconocido.

Y si algo he aprendido en estos años es esto:

Analiza el costo. Mira los beneficios. Toma tu decisión siendo consciente de todo lo que implica. Después, deja un poco de espacio para la fe.

Confía en Dios.

Y confía también en ti.

Porque quizá esa oportunidad que tanto miedo te da aceptar sea precisamente la cuerda que la vida te lanzó cuando estabas buscando cómo no caer.


Ritual Casa Weste 🌿

Hoy quiero proponerte algo diferente.

Piensa en esa oportunidad, decisión o cambio que ha estado llamando a tu puerta.

Toma una hoja y divídela en cuatro partes: qué gano, qué pierdo, qué me da miedo y qué podría ocurrir si no hago nada.

Escribe con absoluta sinceridad.

Después hazte una última pregunta:

¿Estoy diciendo que no porque realmente no quiero este camino o porque tengo miedo de descubrir hasta dónde podría llevarme?

No necesitas responder inmediatamente.

A veces las grandes decisiones necesitan silencio.

Pero cuando finalmente tengas tu respuesta, procura que sea tuya y no de tu miedo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Nuestro corazón es una casa: cómo sanar traumas, soltar el pasado y aprender a recibir ayuda

UNO ENTRA , UNO SALE